El mero hecho de intentar transportarse de un lugar a otro por esta tierra puede ser causa de psicosis agudas. Lo único seguro en un translado por China es el punto de partida, el destino o los acontecimientos que acaezcan durante el trayecto no pueden ser previstos ni por las más complejas artes adivinatorias. Los medios de transporte aquí utilizados no distan mucho de los conocidos por el público general y aun así, al montarse en cualquiera de ellos la sensación es de estar entrando en una montaña rusa por primera vez, nunca sabrás de donde vendrá el próximo latigazo. Cualquier transporte distinto al autobús, que tienen una ruta prefijada, favorece la capacidad de comunicación y de resolución de cualquier individuo. Hay que ingeniárselas para llegar al destino, sobre todo si no se sabe su nombre en Chino ni la ruta hasta él.

Como transporte más barato tenemos el archiconocido autobús urbano. Por el irrisorio precio de 2 renmimbis (25 céntimos de euro) podemos montar en un receptáculo que estimulará y desafiará nuestra pituitaria de maneras no conocidas hasta el momento. El precio será de 2 RMB siempre y cuando uno tenga en mano dos bonitos billetes de 1RMB, porque la curiosa forma de pago consiste en un cajón metálico tipo hucha comunal en el que cada cliente introduce el dinero del billete. Y el agujero para los billetes no da para meter la mano y coger la vuelta que corresponda. Además, el conductor es un conductor en su sentido más estricto, allá cada uno se arregle con el pago del viaje que su contrato dice conducir, nada de atención al cliente.

La opción preferida por los extranjeros es el taxi. El precio sigue siendo irrisorio, no recuerdo haber pagado más de 5 euros por trayectos de 20-30 minutos. Podría uno esperar que alguien que se dedica profesionalmente a la conducción fuese a tener unas aptitudes al respecto superiores a la media. Nada más lejos de la realidad. El concepto marchas es un gran desconocido por estos lugares donde parece que los números de la palanca de cambios no valen como pista del orden en el que debería uno cambiar. Arrancar en segunda es costumbre habitual, incluso algún valiente lo ha intentado en tercera. Podrán imaginarse ustedes que un coche que se cala al salir de un semáforo es el pan nuestro de cada día.
Las lineas del suelo, señales verticales y demás parafernalia son más decoración de la ciudad que herramientas para el ordenamiento del tráfico. Un cruce normalmente se convierte en la lotería en la que todos compran billetes compulsivamente para ganarse el accidente. Como en el taxi uno va protegido con la carrocería y las velocidades de conducción son más bien relajadas el riesgo es bajo, el tema ya cambia un poco cuando uno va montado en la mototaxi.
Encontrar un taxi suele ser cuestión de asomarse a la acera y estirar el brazo, esto siempre y cuando al día no le haya dado por llover, porque parece ser que si llueve los taxis encogen y se hacen imposibles de encontrar. Por aquí hay las mismas probabilidades de encontrar un taxi un día de lluvia que un lugar impoluto en el que descomer.
Por regla general los taxis tienen su bonito taxímetro que es además un aparato con extrema educación pues al entrar uno al coche lo saludan con una grabación en chino e inglés con la curiosa frase: “Hello passenger, welcome to take my taxi”. Pese a haber taxímetro en todos los taxis, como buenos conocedores que son de las leyes de la oferta y la demanda, se niegan a ponerlo en lugares muy concurridos y de donde es imposible salir de otro modo, como en las estaciones de tren, ferry, etc. que hay a las afueras. Ahí toca sacar las dotes de negociador sin dejar de lado la paciencia, tan necesaria siempre para hacer negocios aquí. No se extrañe nadie, aunque yo anonadado me quedé, si un mismo taxista intenta llevar a dos personas (desconocidas entre si) para cobrar doble en un mismo viaje !Con un par¡

Mi querido mototaxi, con sus sonrientes y siempre dispuestos mototaxistas. Más ágil, más rápido, más emocionante… pero con la desventaja de la negociación previa al inicio del viaje. Duras negociaciones, sobre todo cuando uno no sabe cuan lejos estará el destino y al conductor le lleva goteando el colmillo desde que vio tu intención de contar con sus servicios. A pesar de todo y quizá debido a su plus de peligrosidad, es el medio de transporte más económico después del autobús y sin duda el más versátil. Las motos por aquí son vehículos anfibios (carretera-acera) en los que el avezado conductor no dudará en subirse a la acera para saltarse un semáforo en rojo o para poder ir en dirección contraria sin tener que ir esquivando coches (a los peatones no hay que esquivarlos, ya se apartan ellos solos por la cuenta que les trae). Para diferenciar un mototaxi de una moto cualquiera basta con mirar al manillar y comprobar si éste tiene colgando un “casco” extra.

Tema aparte el del “casco”… trozo de plástico flexible que resulta más útil como intercambiador de piojos que como protector de cabeza.

los bicicarros eléctricos son la forma más vistosa de ver la ciudad, en el caso de que haya algo que ver. Con hueco para dos culos de tamaño oriental, se han llegado a ver hasta 5 personas subidas. Bien conocida es la capacidad de optimización de carga que tienen los asiáticos. Lento, caro y poco operativo, pero aún así bastante popular, sobre todo entre las arregladísimas jóvenes a las que les encanta ser centro de miradas y deseos.
Cuenta la leyenda que hace no más de 5 años la calle estaba poblada casi exclusivamente por bicicletas. Si se tiene en cuenta que meterse con una bicicleta en el tráfico es similar a meterse en un tanque lleno de pirañas, es fácil entender que el ciclista sea una especie en extinción por estos parajes. Las clásicas bicicletas han ido siendo sustituidas por las bicicletas eléctricas, terror de los peatones, pues siempre es mejor atropellar a un peatón que ser atropellado por un coche. Por eso resulta difícil ir caminando por la acera sin llevarse un toque de claxon cada dos por tres. La ley de tráfico en China es la ley del más fuerte, la prioridad la marca el que la tenga más grande, yendo ordenadamente del rey autobús hasta el triste peatón, último en tan peculiar cadena trófica.
























